POR: Andres Zambrano
Desde el principio de los tiempos, la danza ha hecho parte de la historia de la humanidad, provocando en los hombres sentimientos de alegría, tristes, deseos, emociones y demás exaltaciones. Para muchos intelectuales la danza es un verdadero arte para comunicarnos, que refleja la vida, la cultura y la historia de una determinada sociedad.
Esta teoría podría fácilmente ajustarse a la realidad, pues prescindir básicamente de la palabra hace que los seres humanos creen la necesidad de transmitir sus mensajes mediante una exquisita combinación de gestos.
Por lo anterior, vale la pena preguntarnos ¿qué sería la danza, concebida como movimiento, si careciera de sus cinco elementos esenciales: energía, espacio, tiempo, ritmo y forma?
Seguramente grandes exponentes de este arte como Doménico de Piacenza, el primer gran maestro de la danza y famoso coreógrafo, se estaría levantando escandalizado de su tumba, para reclamarle a gritos al mundo por semejante desfachatez.
Relacionar la danza con la cultura humana ha sido uno de los propósitos que se han fijado los artistas a lo largo de la humanidad, intentando dejar grabado en las mentes que con el movimiento armonioso del cuerpo se pueden contar maravillosas historias y vivir inolvidables experiencias con valor exclusivamente estético.
Es de recordar que la danza proporciona no solo placer físico, sino además ofrece una variedad de efectos sicológicos, mediante los cuales podemos expresar y comunicar sentimientos e ideas. Ambos efectos permiten a la danza ser útil para muchas funciones: una forma de adorar a los dioses, un medio de honrar a nuestros ancestros o un método para crear magia.
Entre tanto el ballet, esta manifestación de drama y romanticismo, considerada como una de las artes escénicas, no es más que una forma concreta de danza con su respectiva técnica. Danza y ballet. Dos hermanas siamesas que sobreviven a las nuevas generaciones de ritmos estrambóticos que desvirtúan la esencia del legítimo arte, del encanto visual.
Vale la pena exhortar a los docentes para que, sin pretender caer en el sensacionalismo culturas, a través de sus cátedras, sigan inculcando el respeto por las costumbres artísticas, sembrando desde la academia, valores que nos permitan afianzar aspectos tan importantes como la identidad y el amor por lo nuestro, por lo bello, por lo majestuoso, por lo de nuestra tierra, una tierra herida de muerte por la aculturización.
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