Hay cosas que son imposibles de olvidar y una de ellas volvió a tomar fuerzas en el curso de mis recuerdos por estos días.
El olor a velón de iglesia ,las figuras fantásticas formadas por el humo del sahumerio y la voz de mi abuela presidiendo en la parte trasera de la casa, los rosarios eternos que al tiempo repetían sus comadres.
El olor a velón de iglesia ,las figuras fantásticas formadas por el humo del sahumerio y la voz de mi abuela presidiendo en la parte trasera de la casa, los rosarios eternos que al tiempo repetían sus comadres.
Eran tiempos no mejores, pero si muy diferentes, yo un niño hijo de una familia devota y consagrada al Sagrado Corazón como la mayoría de las familias bogotanas por esas épocas. De niño no entendía por qué en la casa de mis amigos también estaba el sagrado corazón, uno como el que había en mi casa, con el musculo sangriento expuesto, agujeros en las manos y un dolor lastimero que el artista ocultaba tras una sonrisa como si al Cristo le gustara no tener corazón, después entendí que era hijo de un país consagrado al dolor. Pero el de mi casa era muy diferente sumado a todo lo ya dicho, jamás olvidare la mirada, esos dos ojos incisivos y vigilantes como si supiera que no me gustaba rezar, ahora que recuerdo me vengo a dar cuenta que le tenía miedo, un miedo que creo nació con frases de mi abuela como: “mijo Dios todo lo sabe, el nos observa y nos juzga siempre por eso debe ser bueno y rezar mucho, tráigame el rosario que está en la mesita de noche y rezamos el rosario".
Mi abuelita Anita en ese tiempo ya tenia problemas de memoria, se le olvidaba el lugar donde escondía mis juguetes cuando de castigo se trataba y la plata en ocasiones, pero los gozosos, , piadosos, gloriosos y dolorosos y sus no sé cuantas pepas que equivalían a unos cuantos padres nuestros y un montón de aves marías no.
Esta semana santa, se ha convertido en un periodo de recordar con algo de nostalgia lo que para la época de mi mayor religiosidad significaba la llamada semana de reflexión y oración. En mi casa además del gran sagrado de la sala, era normal la oración antes de cada comida y cruzarse con cruses y uno que otro rosario que mi abuela dejaba olvidado por ahí. Cuando llegaba el miércoles de ceniza, para mi era el comienzo de largas horas de contar pepas, pues la verdad las aves marías ya las recitaba de forma mecánica, mí cuidado en el conteo de las perlas del rosario era mi centro de atención, esperando el momento del final.
Siempre los primeros días de la semana santa los pasábamos en nuestra casa en Bogotá, pero desde el jueves santo viajábamos a una casa que mis abuelos tenían en La Mesa (Pueblo de Cundinamarca) la intención de ellos era llevar a la familia para pasar este tiempo mas unidos, para saber cómo se encontraban los matrimonios de sus hijas e hijos y para que los nietos ósea mis primos, mi hermano y yo tuviéramos un espacio para jugar y por supuesto piscina para nadar.
Esas vacaciones, (la única que dedicaba sus días a la contemplación era mi amada Anita), eran días en que las mañanas eran para salir con los amigos del pueblo a jugar microfútbol en la cancha municipal, con los años y las vacaciones ya habíamos logrado armar un buen equipo, los Rojas en la defensa, eran dos gorditos que no jugaban muy bien pero daban pata y hacían mucho estorbo, en la mitad de la cancha estaba Main no recuerdo el apellido, creo que era al único que se le llamaba por el nombre, Alvares y yo, en la delantera estaba mi primo Alejandro que era buen goleador y Lozano que siempre iba a los partidos con su hermana Lucia y sus primas, quien con sus ¡vamos equipo! Hip hip urra podían distraerme, principalmente Lucia, me encantaba, pero bueno eso es otra historia.
Comer helado en “El Salón Naranja” hacia parte del orden de la tarde, allí nos reuníamos después del partido a charlar, los niños hablábamos de las niñas y las niñas de cosas que no nos importaban, decíamos que las niñas hablaban de bobadas, pues sus temas centrales eran las novelas y los ojos o la boca de algún galán de televisión. Yo pensaba y hablaba de Lucia quien tiempo después sería mi primera novia.
Pasábamos mañana y tarde por las calles del pueblo que era muy tranquilo en esa época, no se escuchaba nada sobre las FARC y mucho menos sobre los paramilitares, el mayor peligro era encontrarse con el asesino del Picacho, el Picacho es un callejón oscuro, en el cual según los pobladores después de cierta hora nocturna un hombre misterioso lo frecuentaba para atrapar a sus víctimas y luego asesinarlas.
Llegábamos a eso de las 4 a la casa, mi santa y devota abuela como siempre nos abría la puerta con una sonrisa que permanecería imperturbable hasta su último día de vida. Al entrar a casa lo primero que se escuchaba era al fondo las películas de semana santa que para mi eran las de toda la vida, Moisés con Charlton Heston era una de mis favoritas, La torre de Babel y Noe me gustaban también. Después del baño respectivo, nos preparábamos todos para salir a misa de 6 de la tarde y luego procesión por las calles del pueblo. Ir a misa no me gustaba mucho, pues era un poco aburrida y complicada de entender por causa de la diafonía del padre Vidal, quien según mi abuela había sufrido una enfermedad en su garganta y por esa razón era la condición de su voz.
Después de rezar al ritmo de los pellizcos de mi mamá y una que otra mueca malhumorada de mi abuelo Pedro, el padre nos despedía con su “podéis ir en paz” que yo ya comprendía no por la claridad de sus palabras sino por una venia exagerada de la cual tenía que reincorporarse con ayuda de una mano en la espalda, además cosa que no era cierta por qué no podíamos irnos, teníamos que seguir la procesión y mucho menos en paz pues yo tenía que ver a Lucia para poder estar en paz, quien su familia como la mía nunca faltaba a las procesiones, eso si ellos iban a la iglesia del parque central y nosotros a la de la esquina de la casa.
Yo ya tenía mi matraca personalizada, era de guadua como todas las demás con motivos a color y algunas calcomanías de los Transformers, Superman y Spiderman los superhéroes de mi época. Caminábamos detrás de la virgen María pues mi querida Anita mi abuela, tenia cierta predilección por la vocación mariana, a mi gustaba jugar con mi matraca, trataba de sacarle ritmos que al final siempre me parecían lo mismo, unos cuanto Kilómetros al ritmo de canciones para la virgen, “es por eso que los colombianos la llamamos madre, la llamamos madre, la llamamos madre, madre de bondad…” y al llegar al parque central, Lucia estaba al lado de don Ramón Isaza su padre.
Nuestro amor infantil e inocente siempre fue secreto, se oculto tras el brazo fuerte del señor Isaza, las naguas de mi abuela y sin testigos terrenales, los únicos cómplices y espectadores de ello fueron los santos y las calles de un pueblo que ya no es el mismo.

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